Pero al parecer valía la pena molestarse por él. Una lenta insatisfacción se cebaba ahora en él—una sensación de carencia—de no tener algo que una vez tuvo, un malestar vago, cada vez más inquieto. Este sentimiento era sin duda peor debido a que el nacimiento de la criatura había traído un flujo tan repentino de fresco interés a su ocupación, que las dudas relativas a dicho nacimiento habían vuelto a frenar tan de golpe; pero aun en el caso de que el hijo resultara ser suyo después de todo, una suposición que ahora estaba dispuesto a admitir como posiblemente verdadera, jamás podría sentir sin su madre entusiasmo alguno por él, ni siquiera el entusiasmo que le pudiera ser permitido a un hombre que sabía distinguir el dinero de las pamplinas, y el sentido común de la histeria.
Aun una y otra vez, por este tiempo, la enfermera, al entrar en la habitación tras unos minutos de ausencia, lo encontraba inclinado sobre el infante dormido y, según ella lo describía, «con cara de haber querido llorar si tan solo hubiera sabido cómo».
Una helada tarde de finales de otoño, el marido abandonado llegó desde Londres —dudo que entonces hubiera dicho «a casa»—, como de costumbre, en la parte alta del ómnibus. Su naturaleza era dura, tanto física como moralmente, y si se hubiera visto a sí mismo dentro de un ómnibus habría pensado que iba a morir. El sol se había puesto. Un tono verdoso ascendía desde el horizonte hasta la mitad del cenit, pero un amarillo pálido persistía sobre el sol desaparecido, como el oro en el fondo de un crisolito. Las estrellas titilaban pequeñas y nítidas en el azul del cielo por encima. Un viento frío soplaba en pequeñas ráfagas, ora de este lado, ora de aquel, mientras avanzaban con paso firme. Los casco de los caballos resonaban con fuerza en el camino duro.