Hasta entonces solo había visto la Belleza; ahora contemplaba la Verdad.
A menudo había mirado nubes como aquellas, y amado las extrañas curvas etéreas a las que los vientos las moldeaban; y había sonreído mientras su hermanita consentida le decía qué animales curiosos veía en ellas, y trataba de señalárselos.
Ahora eran como ejércitos de ángeles, jubilosos por su nuevo nacimiento, pues cantaban, en su alma, sobre la belleza, y la verdad, y el amor.
Miró hacia abajo, y su hermanita se arrodillaba a su lado.
Era una niña curiosa, de ojos negros y brillantes, y cabello oscuro; a merced de cualquier viento errante; una muchacha juguetona y audaz, que reía más de lo que sonreía.
Por lo general acompañaba a su hermana, y siempre le encontraba y traía cosas extrañas. Jamás arrancaba una primula, pero conocía los parajes de toda la familia de las orquídeas, y traía de ellos abejas y mariposas innumerables, como ofrendas para su hermana.
Las polillas curiosas y las luciérnagas eran su mayor delicia; y amaba las estrellas porque se parecian a las luciérnagas.
Pero el cambio la había afectado a ella también; pues su hermana vio que sus ojos habían perdido su brillo y se habían vuelto más líquidos y transparentes. Y a partir de entonces notó a menudo que su alegría era más apacible, su sonrisa más frecuente, su risa menos cristalina; y aunque seguía tan indómita como siempre, había más elegancia en sus movimientos y más música en su voz. Y se aferraba a su hermana con mucho mayor cariño que antes.
La tierra descansaba en el abrazo de los cálidos días de verano. Las nubes del cielo se acurrucaban en torno a las torres del castillo; y los corazones de sus habitantes cobraron consciencia de una cálida atmósfera, de la