—Hay otra manera de evitar ese disgusto —observó su marido con sequedad.
—¡Qué criatura tan cruel! —replicó Letty en tono juguetón—. Pero tengo que ir esta vez, porque se lo prometí a la señora Holden.
—Sabes, Letty —dijo su marido, tras una breve pausa—, cada vez es más importante que no te fatigues. Al trasnochar tanto en habitaciones tan sofocantes estás poniendo en peligro dos vidas; recuerda eso, Letty. Si te quedas en casa mañana, volveré temprano y te leeré toda la tarde.
—Gussy, sería encantador. Ya sabes que no hay nada en el mundo con lo que disfrutaría tanto. Pero esta vez de verdad que no debo.
Se lanzó a enumerar a todos los grandes don nadie y pequeños alguien que iban a estar allí, y a quienes tenía que ver por fuerza: podía ser su única oportunidad.
Aquellas últimas palabras apagaron un sarcasmo en los labios de Augusto. El resto de la noche estuvo más amable que de costumbre y le leyó El progreso del peregrino hasta que se durmió.
Phosy se sentó en un rincón, escuchó y entendió. O, cuando entendía mal, era un malentendido honesto, que nunca hace mucho daño.
Ni el padre ni la madre le dirigieron la palabra hasta que le dieron las buenas noches. Ninguno vio el corazón hambriento bajo la máscara del rostro inmóvil.
El padre jamás imaginó que ella ya estuviera lista para el modelaje del que prescindía con ventaja, y la madrastra tenía que convertirse en madre antes de poder valorarla.
Phosy se fue a la cama a soñar con el Valle de la Humillación.