Aquí estoy
Esta fue una revelación muy desalentadora para el rey; no porque no estuviera dispuesto a sacrificar a un súbdito, sino porque no tenía esperanzas de encontrar a un hombre dispuesto a sacrificarse a sí mismo. No había tiempo que perder, sin embargo, pues la princesa yacía inmóvil en su lecho y no tomaba más alimento que agua del lago, la cual ya no era de la mejor calidad. Por lo tanto, el rey hizo que el contenido del maravilloso plato de oro se proclamara por todo el país.
Sin embargo, nadie se presentó.
El príncipe, habiendo avanzado varias jornadas de viaje hacia el bosque para consultar a un ermitaño a quien había conocido allí en su camino a Lagobel, no supo nada del oráculo hasta su regreso.
Cuando se hubo enterado de todos los pormenores, se sentó y pensó—
“Ella morirá si no lo hago, y la vida no sería nada para mí sin ella; así que no perderé nada al hacerlo. Y la vida será tan agradable para ella como siempre, porque pronto me olvidará. ¡Y habrá mucha más belleza y felicidad en el mundo!—Desde luego, no podré verla.” (Aquí el pobre príncipe suspiró.) “¡Qué hermoso estará el lago a la luz de la luna, con esa criatura gloriosa retozando en él como una diosa salvaje!—Sin embargo, es bastante duro morir ahogado poco a poco. Déjame ver—serán setenta pulgadas mías que ahogar.” (Aquí intentó reír, pero no pudo.)