—¡Y tanto que lo somos! —respondió la princesa, sollozando.
Y hubo regocijo en todo el país aquel día lluvioso.
Hasta los bebés olvidaron sus pasados pesares, y bailaron y arrullaron asombrosamente.
Y el rey contó historias, y la reina las escuchó.
Y él repartió el dinero de su caja, y ella la miel de su olla, a todos los niños.
Y hubo una júbilo tal como jamás se había oído antes.
Por supuesto, el príncipe y la princesa se comprometieron al instante. Pero la princesa tuvo que aprender a caminar, antes de que pudieran casarse con la debida decencia. Y esto no era tan fácil a su edad, pues no podía caminar más que un bebé. Siempre se caía y se hacía daño.
—¿Es esta la gravedad de la que solías hacer tanto alarde? —le dijo ella un día al príncipe, mientras él la levantaba del suelo—. Por mi parte, estaba mucho más cómoda sin ella.
—No, no, eso no es. Esto es —replicó el príncipe, mientras la alzaba y la llevaba en brazos como a un bebé, besándola todo el tiempo—. Esto es la gravedad.
—Así está mejor —dijo ella—. Eso ya no me molesta tanto.
Y ella le dedicó al príncipe la más dulce y encantadora de las sonrisas en el rostro. Y le dio un besito en pago por todos los suyos; y él los consideró sobradamente pagados, pues estaba fuera de sí de alegría. Me temo, sin embargo, que se quejó de su gravedad más de una vez después de esto.
Pasó mucho tiempo antes de que se reconciliara con el hecho de caminar. Pero el dolor de aprenderlo se veía sobradamente compensado por dos cosas, cualquiera de las cuales habría sido consuelo suficiente.