Refugio
Fijando su catalejo en la forma inmóvil, para poder verla en cuanto llegara la mañana, Watho bajó de la torre a la habitación de Photogen.
Él estaba mucho mejor para entonces, y antes de que ella lo dejara, había decidido abandonar el castillo esa misma noche. La oscuridad era ciertamente terrible, pero Watho era peor aun que la oscuridad, y no podía escapar durante el día.
Tan pronto, por lo tanto, como la casa pareció en silencio, se apretó el cinturón, se colgó de él su cuchillo de caza, se metió un frasco de vino y un poco de pan en el bolsillo, y tomó su arco y sus flechas. Salió de la casa y se dirigió de inmediato hacia la llanura.
Pero entre su enfermedad, los terrores de la noche y su pavor a las fieras, cuando llegó a la llanura no pudo dar un paso más y se sentó, pensando que era mejor morir que vivir. A pesar de sus temores, sin embargo, el sueño logró vencerlo, y cayó de largo sobre la hierba blanda.
No había dormido mucho tiempo cuando despertó con una sensación de consuelo y seguridad tan extraña, que pensó que al menos debía haber llegado el alba. Pero a su alrededor reinaba la noche oscura. Y el cielo... no, no era el cielo, ¡sino los ojos azules de su náyade que lo miraban desde arriba! Una vez más yacía con la cabeza en el regazo de ella, y todo iba bien, pues era evidente que la muchacha temía a la oscuridad tan poco como él al día.
—Gracias —dijo—. Eres como una armadura viva para mi corazón; me alejas el miedo. He estado muy enfermo desde entonces. ¿Subiste del río cuando me viste cruzar?