que Phosy se llevó a casa en la memoria: a partir de algunas de sus palabras sobre el nacimiento de Jesús en el mundo, en el seno de la familia, en el pecho humano individual, se le había metido en la cabeza que el día de Navidad no era un cumpleaños como el que ella misma había tenido el año pasado, sino que, de algún modo maravilloso y que para ella no requería explicación, el Niño Jesús nacía de nuevo cada día de Navidad. Qué era de él después, no lo sabía, y la verdad es que nunca se le había ocurrido preguntar cómo era posible que llegara a todas las casas de Londres además de al número 1 de Wimborne Square. Por más poco de hogar que a otro pudiera parecerle, aquella casa era sin embargo para ella el centro de todas las casas, y el prodigio aún no se había extendido en ondas más allá de ella: en ese punto del estanque caía el don eterno.
Su padre olvidó la hora enfrascado en su libro, pero tan embelesado estaba su corazón con la expectativa de la prometida visita, ahora tan cercana —pasado mañana— que, si no olvidó del todo esperarlo al bajar las escaleras de la puerta de la iglesia hacia la calle, su ausencia no le causó inquietud alguna; y cuando, justo al llegar, él abrió la puerta de la casa con tardía prisa para cumplir su promesa, ella lo miró con una seriedad solemne y sin sonrisa, nacida de la tensión espiritual y la muda expectación, reflejada en su rostro, y pasando junto a él sin alterar el ritmo de su andar, subió con majestad las escaleras hacia la guardería. Creo que el centro de su esperanza era que, cuando naciera el bebé, le suplicaría de rodillas que le pidiera al Señor que la castigara.
Terminado el postre, con su madre en el sofá del salón y su padre en un sillón orejero, con una botella de su vino favorito al lado, ella se escabulló de la habitación y volvió a la guardería. Allí estiró los brazos hacia su pequeño estante de libros y, llena del sermón como las brumas esponjosas