ojos. Pero no tardaron en ver que aquel sendero seguía angostándose cada vez más. Por fin, para consternación de Alicia, las aguas negras se juntaron delante de ellos.
—¿Qué hay que hacer ahora, Richard? —dijo ella.
Al fijar la vista en el agua que tenían delante, vieron que bullía de lagartijas, y ranas, y serpientes negras, y toda clase de criaturas extrañas y feas, especialmente algunas que no tenían ni cabeza, ni cola, ni patas, ni aletas, ni antenas, siendo, en realidad, solo masas vivas.
Estas no paraban de saltar hacia dentro y hacia fuera, y de desparramarse por el sendero.
Richard pensó durante unos momentos antes de responder a la pregunta de Alice, como, desde luego, bien podía hacerlo. Pero llegó a la conclusión de que el sendero no podía haber continuado con el único fin de detenerse allí; y que debía de ser una especie de dedo que señalaba hacia donde a él mismo no se le permitía ir.
Así que tomó a Alice en sus fuertes brazos y saltó al centro de la horrendo plaga. Y del mismo modo que los piscardos desaparecen si arrojas algo entre ellos, exactamente así aquellas infelices criaturas desaparecieron, a diestra y siniestra y por doquier.
Encontró el agua más ancha de lo que había esperado; y antes de cruzarla, notó a Alicia más pesada de lo que habría creído; pero sobre un fondo firme y rocoso, Richard vadeó hasta el otro lado a salvo. Cuando llegó a la otra orilla, descubrió que la ribera era una roca alta, lisa y vertical, con unos escalones ásperos tallados en ella. Al poco rato, los escalones los metieron de lleno en la roca, y se encontraron una vez más en un pasaje estrecho, pero que, esta vez, iba hacia arriba. Sostenía curvas y más curvas, como la rosca de un gran tornillo.