señalando únicamente lo que juzgaban mal concebido y peor ejecutado en sus ideas, y ello en un tono que transmitía la impresión de que de algún modo él había embaucado a algunos de ellos para que emitieran aquellas declaraciones amistosas anteriores sobre su persona.
Y por la misma época sucedió que los negocios comenzaron a decaer rápidamente en el banco de cuyo principal despacho en el país su padre era agente, de modo que ya no pudo seguir proporcionándole a Héctor su anterior asignación; y el anuncio de este desalentador hecho vino acompañado de una amonestación sobre la conveniencia de cambiar tanto la elección de sus temas como su estilo: si seguía escribiendo como lo había estado haciendo últimamente, ¡no quedaría nadie, según decía su padre, que leyera lo que escribía!
Y ahora empezó a resultar evidente qué gran fortuna era para Héctor que Annie estuviera a su lado para ayudarlo.
Pues, a medida que su valor decayó y vio que Annie empezaba a sentirse apurada en la administración del hogar, vio también cómo el valor de ella surgía y resplandecía. Pero él se sentía cada vez más desanimado, hasta que a Annie le costaba un triunfo apartarlo de la desesperación.
Al fin, sin embargo, ella empezó a pensar que tal vez hubiera algo de verdad en lo que su padre le había escrito, y que se debía intentar un nuevo rumbo. ¡Ella misma no podía creer que su esposo estuviera limitado a un solo estilo o tema para la expresión de sus pensamientos; él, que había escrito tan bien de un modo, bien podía escribir al menos bien, si no tan bien, de otro!
¿Acaso no le había oído decir que el verso era el mejor ejercicio para escribir prosa?
Con suavidad, por tanto, y con cautela, ella le planteó el asunto, solo para descubrir al principio, como había previsto, que él no hacía más que rechazar la sugerencia con mayor desaliento.