podía; y, en efecto, sus amigos nunca supieron su destino, hasta que este lo hubo llevado mucho más allá de su alcance.
Durante varias semanas merodeó como un malhechor por las humildes pensiones de las estrechas calles del puerto al que la nave lo había conducido, sin prestar atención a nadie y apenas escandalizado por la extraña compañía y la conversación con las que, aunque solo fuera en presencia corporal, tenía que mezclarse.
Estas fueron motivo de reflexión en tiempos posteriores; y llegó a la conclusión de que, aunque existen muchos males y mucha miseria, suficientes para mover a oraciones y lágrimas a quienes aman a su prójimo, hay sin embargo menos de ambos de lo que aquellos que miran desde una posición social más elevada hacia el bullente montón de humanidad están dispuestos a imaginar; sobre todo si lo contemplan además desde el pedestal de la autocomplacencia en el que un tipo mezquino de religión los ha encumbrado.
Pero al fin sus pocos ahorros estaban casi agotados, y no había nada que pudiera hacer, o aprender a hacer, en aquel puerto. Se sintió impulsado a buscar trabajo manual, en parte porque creía más probable obtener ese tipo de empleo sin que le exigieran referencias sobre su honorabilidad, lo cual llevaría a indagar en su pasado; y en parte, tal vez, por un instinto que le decía que el duro esfuerzo corporal tendería a mitigar su sufrimiento interior.
Abandonó el pueblo, por tanto, al caer la noche de un día de julio, llevando un pequeño hatillo de ropa blanca y el resto de su dinero, algo incrementado por la venta de varios artículos de vestir y de comodidad que su cambio de vida había vuelto superfluos e inadecuados. Dirigió sus pasos hacia el norte, viajando principalmente de noche —con tanta dolorosa repugnancia rehuía la mirada incluso de los caminantes como él—, y durmiendo durante el día en algún rincón oculto de bosque o