idea; y la convicción de la infidelidad de ella obraba ahora en él con el ministerio de la Muerte, para hacerle saber lo que había perdido. Magnificaba ante sus ojos la belleza de ella, su dulzura, su gracia; y pensaba con punzada angustia cuán poco caso había hecho de ella o de todo aquello.
Pero al momento siguiente, la cólera ante la idea de que le encajaran el hijo de otro hombre haciéndoselo pasar por suyo, con la consiguiente pérdida de su preciado dinero, arrasó con cualquier otro sentimiento. Porque por ley el hijo era suyo, fuera quien fuese el padre. Durante un minuto entero se sintió a punto de atarle una piedra al cuello, llevárselo y arrojarlo al río Lea. Luego, con una risa de hiena, se dispuso a ordenar en su mente las pruebas de la culpa de ella. * Primero venían ocho años sin hijos con él mismo; * luego la ocultación de su estado y el absurdo pretexto de que ella no sabía nada al respecto; * después la zozobra mental en la que había caído; * luego su extraña e innatural aversión hacia su propio hijo; * y ahora, por último, concluyente de una conciencia culpable, su huida de su casa. No se tomaría la molestia de buscarla; ¡por qué iba a ir tras su propia vergüenza! No intentaría ni ocultar ni explicar el hecho de que ella lo había abandonado; ¡la gente podía decir lo que quisiera, juzgarlo por asesinato si les apetecía! En cuanto al niño que ella le había dejado tan amablemente para consolarlo por su ausencia, no lo ahogaría, ni tampoco lo criaría en su casa; le daría una educación corriente y lo pondría de aprendiz en un oficio. En cuanto a su dinero, se lo dejaría a un hospital, uno rico, capaz de defender