En pocos momentos, la habitación quedó completamente vacía de ellas; pero lejos de sentirse aliviado por su ausencia, el rey sintió de inmediato como si estuviera en un depósito de cadáveres, y apenas podía respirar debido a la sensación de vacío y desolación que se abatió sobre él. Pero mientras yacía mirando hacia la nieve, que se extendía blanca y vasta ante él, avistó a lo distancia una larga línea oscura que se acercaba cada vez más, y que al fin demostró ser todas las Sombras, caminando en doble fila, y cargando en medio de ellas algo parecido a unas parihuelas. Desaparecieron bajo la ventana, pero pronto reaparecieron, tras haber trepado de algún modo por la pared de la casa; pues entraron en perfecto orden por la ventana, como si se fundieran a través de la transparencia del cristal.
Aún llevaban las andas o litera. Estaba cubierta con las más ricas pieles y cueros de espléndidas fieras, cuyos ojos habían sido reemplazados por zafiros y esmeraldas que brillaban y refulgían a la luz del fuego y de la nieve. La piel más externa centelleaba con la escarcha, pero las interiores eran suaves, cálidas y secas como el plumón bajo el ala de un cisne. Las Sombras se acercaron al lecho y depositaron la litera sobre él. Luego, varias de ellas trajeron una enorme capa de piel y, envolviendo con ella al rey, lo recostaron en la litera, en medio de las pieles. Nada podía ser más delicado y respetuoso que la manera en que lo trasladaron; y a él ni se le pasó por la cabeza negarse a ir. Después le pusieron algo en la cabeza y, levantando la litera, lo llevaron una vez alrededor de la habitación para ponerse en orden. Al pasar junto al espejo, vio que estaba cubierto de armiño real y que su cabeza lucía una maravillosa corona de oro engastada únicamente con piedras rojas: rubíes, carbunclos y granates, y otras cuyos nombres no sabía, resplandecían gloriosamente alrededor de su frente, como la esencia salamandrina de todas las hogueras de Navidad del mundo. Un cetro yacía junto a él—una vara de ébono rematada por un diamante en forma de cono que, tallado en cien facetas, destellaba con