Al instante se puso en pie. Dándose la vuelta, dejó al bebé sobre el sofá y voló hacia él como un fantasma. Al llegar a donde él seguía inmóvil, cayó de hinojos y le abrazó las rodillas. Él estaba entonces demasiadoconfundido para preguntarse qué hacían los maridos en tales circunstancias, y se quedó plantado como un madero.
“¡Esposo! ¡esposo —gritó—, perdóname!”.
Con una mano se ocultaba el rostro, aunque lo tenía inclinado hacia el suelo, y con la otra le tendía un pedacito de papel. Él lo tomó de entre aquellos dedos delgados y pálidos; aquello podría explicar algo—ayudarlo a salir de aquel desconcierto, mitad pesadilla, mitad visión celestial.
Lo abrió. ¡Nada más que un billete de cien libras! La visión familiar del papel moneda, sin embargo, pareció devolverle el habla.
—¿Qué significa esto, Lucy? ¡Palabra de honor! Permíteme decirte...
Se estaba enfadando.
—Es para pagar al carnicero —dijo, con voz titubeante.
—¡Maldito sea el carnicero! —exclamó—. ¡Espero que tengas algo más que decirme! ¿Dónde has estado todo este tiempo?
“En casa de mi madre. He tenido una fiebre cerebral y he perdido la cabeza. Todo era por la factura del carnicero”.
Dempster miró fijamente. Quizá no lograba comprender cómo una mujer que no sabía llevar las cuentas podía estar tan preocupada por las consecuencias de su propio descuido.
—Mírame, si no me crees —exclamó, y al hablar se levantó y alzó el rostro hacia el suyo.