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nydus/Short FictionPublic
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I

—Mis oyentes, envejecemos —dijo el predicador.

«Tanto si ahora vivimos en verano como en primavera, el otoño pronto dará paso al invierno, ese invierno cuya nieve solo se derrite en la tumba. El viento del mundo sopla hacia el sepulcro. Algunos de nosostros nos alegramos de vernos arrastrados sobre sus veloces alas y de oírlo bramar en los huecos de la tierra y del cielo; pero llegará a ser un terror para el hombre de extremidades temblorosas y cerebro marchito, hasta que al fin anhele el refugio de la tumba para escapar de su rugido y sus embates. Dichoso el hombre que entonces sea capaz de creer que la vejez misma, con sus declives lamentables y sus tristes sueños de juventud, es el castigo del Señor, una muestra segura de su amor y su paternidad».

Era el primer domingo de Adviento; pero «el castigo del Señor» se colaba en casi todos los sermones que aquel hombre predicaba.

“¡Elocuente! Pero, después de todo, ¿puede ser verdad esta clase de cosas?”, se dijo para sus adentros un hombre de unos treinta años, que escuchaba con decoro. Durante muchos años había creído creer en esta clase de cosas, pero últimamente ya no estaba tan seguro.

A su lado iba su mujer, con su nuevo sombrero de invierno, el lindo rostro vuelto hacia el predicador; pero sus ojos —y nada más que ellos— revelaban que no estaba escuchando. Era mucho más joven que su marido; apenas tenía veinte años, en verdad.

En el rincón superior del banco se sentaba una niña de rostro pálido de unos cinco años, que se chupaba el dedo y miraba fijamente al

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