arroyuelos trotadores de Escocia, a los ricos valles, las costas boscosas, los grandes ríos y el grandioso océano del sur de Devon. Podréis decir que no debían de ser muy malvados cuando toda su penitencia consistió en eso. Si es así, habéis estudiado a los mortales humanos con muy poco provecho. ¿No creéis que un hombre puede ser castigado volviéndose muy rico? Yo sí. Sea como fuere, estas hadas no eran de vuestra opinión, pues estaban metidas en el asunto. En el esplendor de su destierro en Devon, suspiraban por su escueta Escocia. * Bajo el frondoso ramaje de los valles de Devonshire, con el océano púrpura y verde ante ellos, que había visto barcos de mil tipos, o en la orilla rica en conchas y criaturas multicolores, añoraban las laderas despejadas, frías, melancólicas y abiertas de las vastas extensiones de brezo, a las que clamaba un mar gris, salvaje y desgarrado, con recuerdos únicamente de hombres del norte, ballenas y sirenas. * Por los grandes ríos, sobre los que reposaban viejos cascos marcados por la batalla, suspiraban tras las rocas, las piedras, los serbales y los abedules de los arroyos solitarios. El país que habían dejado podía ser un lugar poco agraciado, pero era
Ahora bien, lo que le ocurre al aspecto de un país cuando las hadas lo abandonan, es que una especie de muerte cae sobre el paisaje. El viajero siente el viento como antes, pero este no parece refrescarle. El niño suspira por su collar de margaritas, y no puede encontrar ni una de punta roja entre todas las que ha recogido. Las primulas no tienen ni la mitad de miel en su interior. Las avispas superan en número a las abejas.