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nydus/Short FictionPublic
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El corazón del gigante

redondo como los cristales de las gafas de la giganta y mucho más grande, hizo una bella reverencia y dijo: —Por favor, señor Búho, quiero susurrarle algo.

—Muy bien, pequeña criatura —respondió el búho, adoptando un aire de importancia y acercando la oreja a ella—. ¿De qué se trata?

«Por favor, dime dónde vive el águila que se posa en el corazón del gigante».

—¡Oh, qué niño tan travieso! Eso es un secreto. ¡Qué vergüenza!

Y con un gran siseo que los aterrorizó, el búho voló hacia el árbol.

  • A todas las aves les encantan los secretos; pero no muchas de ellas saben guardarlos tan bien como el búho.

De modo que los niños siguieron adelante porque no sabían qué más hacer. El camino les pareció muy escabroso y difícil, pues el árbol estaba lleno de abolladuras y oquedades. De vez en cuando chapoteaban en un charco de lluvia; de vez en cuando daban con ramitas que brotaban del tronco donde no pintaban nada, y eran tan grandes como álamos adultos. A veces se encontraban con grandes cojines de musgo blando, y en uno de ellos se recostaron a descansar. Pero no llevaron mucho tiempo tendidos cuando avistaron a un gran ruiseñor sentado en una rama, con sus ojos brillantes mirando hacia la luna. Al momento se puso a cantar, y los pájaros a su alrededor comenzaron a responder, pero en un tono diferente a aquel con el que habían respondido al búho. ¡Oh, los pájaros le dedicaban al ruiseñor nombres de lo más bonitos! El ruiseñor cantaba, y los pájaros respondían así:⁠—

“Cantaré una canción. Soy el ruiseñor”. “¡Canta una canción, larga, larga, Pequeña Nunca-falla! ¿De qué cantarás, Luz dentro o luz

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