Su venganza
Cuando Colin y su esposa se instalaron entonces en su granja, la misma tribu de hadas ya estaba en las cercanías, y no tardó en descubrir quiénes habían venido tras ellos.
Se convocó inmediatamente una asamblea. Había que hacer algo; pero el qué era motivo de disputa. La mayoría de ellas solo pensaba en la venganza—que debía cobrarse con los niños.
Pero la reina dudaba. Tal vez sus sufrimientos le habían hecho bien. Sugirió que, antes de tomar ninguna determinación, debían esperar y vigilar a la familia.
A consecuencia de esta resolución comenzaron a frecuentar la casa constantemente, y a veces en gran número. Pero durante mucho tiempo no pudieron hacer ningún daño a los niños. Todo lo que intentaban resultaba ser una diversión para ellos. Eran tres, dos niñas y un niño; las niñas de nueve y ocho años, y el niño de tres años.
Cuando lograban tentarlos para que traspasaran los límites del hogar, en ocasiones se veían asidos por un pánico inexplicable, y daban media vuelta y corrían de regreso a casa sin saber por qué; en otras, una gran mariposa o libélula, o alguna otra criatura alada y hermosa, se cruzaba velozmente ante ellos y se alejaba hacia la casa, y ellos tras ella, correteando; o se oía la voz de su madre llamando desde la puerta.
Pero al fin llegó su oportunidad.
¡Un día los niños se divirtieron de lo lindo con un juego así!