Su hermano, además, se reía de ella sin la menor idea del dolor que le causaba, ni el más remoto sentimiento de curiosidad acerca de cuáles pudieran ser las causas internas y coherentes de su estado exterior anómalo. La ternura era el consuelo divino que necesitaba; y brillaba por su ausencia en el carácter y la conducta de su hermano.
Sus vecinos la miraban con cierto interés, pero más bien evitaban que buscaban su amistad; sobre todo tras el regreso de ciertos ataques nerviosos a los que había sido propensa en su infancia, y que volvieron a desencadenarse a causa de los acontecimientos que debo relatar.
Es curioso cómo ciertas enfermedades repelen, mediante una especie de temor reverente, las simpatías de los vecinos: como si, por el hecho de padecerlas, la enferma hubiera sido trasladada a otro reino de existencia, desde el cual, al igual que los muertos con los vivos, solo puede comunicarse de forma parcial con quienes la rodean, y con una mezcla de pavor que impregna el trato.
Así, algunos de los pozos más profundos y puros de la vida espiritual quedan, como los de los antiguos castillos, obstruidos por el derrumbe de los muros exteriores.
Pero lo que tal vez contribuyó más que nada a mantener la penosa inquietud de su alma (pues la belleza de su carácter se evidenciaba en el hecho de que la irritación rara vez llegaba a su mente), fue una circunstancia ante la cual, en su conexión actual, algunos de mis lectores sonreirán, y otros sentirán un estremecimiento correspondiente en naturaleza al de Elsie.
Su hermano era muy aficionado a un bulldog bastante pequeño, pero de aspecto feroz, que le seguía de cerca los talones dondequiera que iba, con la cabeza gacha y el andar desgarbado, sin saltar ni correr de un lado a