que hacía la proposición meramente para escapar y que le dieran dinero para su viaje. Aun así, había una posibilidad, y no diría nada hasta haber consultado al rey.
Luego hicieron comparecer a Agnes ante el lord canciller, quien, tras someterla a un largo interrogatorio, creyó haber llegado por fin a formarse cierta idea de la región descrita por ella; es decir, si decía la verdad, lo cual, a juzgar por su aspecto y su conducta, también consideraba sumamente dudoso.
Acto seguido, ordenaron que la devolvieran a la cocina, y enviaron a un destacamento de soldados, bajo las órdenes de un avispado letrado, para registrar palmo a palmo la supuesta comarca. Se les ordenó no regresar hasta que trajesen consigo, atados de pies y manos, a una pareja de pastores como aquella de la cual se les había entregado una detallada descripción.
Y ahora Agnes estaba peor que antes. Pues a sus demás miserias se añadía el temor de lo que le ocurriría cuando se descubriera que las personas a las que buscaban, y a las que estaba segura de que debían encontrar, eran su propio padre y su propia madre.
Por entonces el rey y la reina estaban tan cansados de ver niños perdidos, genuinos o fingidos —pues ya no se preocupaban por ningún niño más allá del momento en que parecía haber alguna posibilidad de que resultara ser su hijo— que con esta nueva esperanza, la cual, por pobre y vaga que fuera al principio, pronto comenzó a arraigar en la clase de imaginación que poseían, ordenaron que se retirara la proclamación de las puertas del palacio, y mandaron a los distintos centinelas que no dejaran entrar a ningún niño en absoluto, perdido o encontrado, fuera cual fuese el motivo o el pretexto, hasta nuevo aviso.