A su esposa debía ir, y hablar del asunto con ella. Todavía tenía, según creía, tres peniques en el bolsillo para pagar el autobús.
Empezó a moverse; y entonces por primera vez, al despertar, vio que se había sentado entre una mujer pobre y una niñita, evidentemente su hija.
—Siento mucho incomodarla, señora —le dijo con tono de disculpa a la mujer de rostro pálido, cuyo pequeño chal de tartán apenas le cubría los hombros, dolorosamente consciente de su estado chorreante al quitarse el sombrero y dejarlo en el suelo entre sus pies igualmente empapados.
Pero, en vez de alejarse de él hacia un lugar más seco, la mujer, con una sonrisa débil, se acercó más a él, diciéndole a su hija al otro lado:
—Siéntate más cerca del caballero, Jessie, y ayúdale a entrar en calor. Está bien limpiecita, señor —añadió—. Tenemos mucha agua en casa, y yo misma la bañá- lo esta mañana, porque íbamos a ir al hospital a ver a mi marido. Ayer tuvo un mal accidente, ¡pero gracias a Dios! no tan grave como podría haber sido. Me temo que tiene mucho frío, señor —añadió, pues Héctor acababa de dar un escalofrío involuntario.
“Mi marido es albañil —continuó ella—; ha tenido buen trabajo y tengo algunos chelines ahorrados, ¡gracias a Dios! Los tiempos seguro que mejoran, porque rara vez resultan tan malos como parecen”.
Involuntariamente, la mano de Héctor se dirigió al bolsillo del pantalón, pero volvió a caer a su costado al recordar el pasaje. Ella vio su movimiento y soltó una pequeña risa triste.
—No me malinterprete, señor —prosiguió—. Le dije la verdad cuando afirmé que no me faltaba dinero; y, antes de que la apretura llegue, los jornales, me atrevo a decir, volverán a dar señales de vida. Además, el alquiler de nuestra semana está pagado. Y él está en buenos aposentos, el pobre, aunque con un fuerte dolor que le hace compañía, me temo.