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nydus/Short FictionPublic
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Las Sombras

—Podría arrepentirse —sugirió otro, que era más benevolente.

—Ni hablar —repuso el primero—. Los avaros nunca lo hacen. El amor al dinero tiene menos remedio en sí mismo que cualquier otra maldad en la que puedan caer los hombres desdichados. ¡Qué gran gracia es nacer Sombra! La maldad no se nos pega. ¡Qué nos importa el oro a nosotros!⁠—¡Basura!

“¡Amén! ¡Amén! ¡Amén!”, brotó de un centenar de voces de sombras.

“Debiste haber dejado que lo asesinara, y así te habrías librado de él”.

—Y además, ¿cómo iba a escapar al final? Nunca podría librarse de ella, ¿sabes?

—Iba a decírtelo —reanudó el narrador—, solo que tenías tantas acotaciones sombrías que hacer, que no me dejaste.

—Sigue; sigue.

“Había una niecita que solía ir a verlo a veces⁠—la única criatura a la que el avaro quería. Su madre era hija suya, pero el viejo jamás quiso verla porque se había casado en contra de su voluntad. Su marido había muerto ya, pero él aún no la había perdonado. Sin embargo, tras la sombra que había visto, se dijo a sí mismo, mientras yacía despierto aquella noche⁠—leí las palabras en su rostro⁠—: «¿Cómo me libraré de ese viejo demonio? Si no como, moriré; y si como, seré envenenado. Ojalá viniera la pequeña Mary. Ah, su madre jamás me habría hecho una jugada así». Se quedó despierto, dándole vueltas y vueltas a tales pensamientos durante toda la noche, y yo me quedé observándolo desde un rincón oscuro, hasta que llegó el alba y me disolvió.

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