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nydus/Short FictionPublic
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Las espadas rotas

Con él continuó durante unas pocas semanas, sin desear ningún cambio; hasta que, un día, mientras conducía su carro por la ciudad, vio que se le acercaba un caballero de edad avanzada, al que reconoció al punto, por su paso y su apostura, como un hombre militar. Ahora bien, jamás había visto a su tío, el oficial retirado, pero se le metió en la cabeza que este podía ser él; y, dominado por la tiranía de su pasión por ocultarse, imaginó que, de ser él, podría reconocerlo por algún parecido familiar⁠, sin pararse a pensar en lo improbable de que se fijara en él. Esta ocurrencia, sumada al doloroso efecto que la visión de un oficial, aun de paisano, le causaba —al recordarle el suplicio de aquel día espantoso—, lo abatió de tal modo que se halló al otro extremo de un callejón antes de acordarse de que tenía a su cargo el caballo y el carro. Esto agravó su apuro; pues ya no se atrevía a regresar, temeroso de que sus preguntas por el vehículo, en caso de que el caballo se hubiera desvíado de la ruta directa, atrajeran la atención y provocaran interrogatorios que no sabría cómo responder. La nefasta falta de aplomo parecía arruinarlo de nuevo. Abandonó la ciudad por el camino más próximo, se adentró campo traviesa hacia otra línea de carretera y, antes de que echaran en falta su ausencia, ya estaba a millas de distancia, siempre en dirección norte.

Pero aunque así esquivaba el rostro de los hombres, especialmente el de cualquiera que le recordara el pasado, la pérdida de su reputación ante los ojos de ellos no era la causa de su dolor interior. Eso habría sido comparativamente impotente para perturbarlo, de no haber perdido su propio respeto. Retrocedía ante sus propios pensamientos; estaba deshonrado a sus propios ojos. Su perplejidad todavía no se había disipado lo suficiente

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