Lo incorrecto es su propio vengador. Ella había estado obrando mal, y a sabiendas durante años, y ahora la planta del mal iba floreciendo hacia su fruto.
Si alguien dice que el mal no era sino una nadería, yo tomo el juicio de ella, no el de él, al respecto. Había sido perezosa ante el deber, se había apartado persistentemente de lo que sabía que era su asunto, hasta el punto de no atreverse ni a mirarlo.
Y ahora que la crisis era inminente, según anunciaba aquella carta del carnicero, al sentimiento de su propia culpa se mezclaba el terror a su marido. ¿Qué pensaría, diría y haría? Todavía no poseía, después de todos esos años, ninguna penetración profunda en su carácter; de otro modo tal vez habría leído allí que, por mucho que amaba el dinero, el placer de ver que un fracaso rotundo seguía a la desobediencia de sus instrucciones le compensaría con creces la pérdida.
A cuánto ascendían las cuentas, no tenía la menor idea. Solo cuando se hubo decidido a abandonar su hogar pudo reunir el valor para juntarlas. Entonces incluso sumó el total y grabó la cifra en su memoria; cifra que a partir de entonces la persiguió como el nombre de su demonio.
En cuanto a cómo tomó aquella decisión —de ese proceso apenas podía recordar nada—, o en realidad de cómo transformó su propósito en acción. Salió de la casa con el vestido más sencillo que su armario le permitía y con apenas media corona en el bolsillo. Su designio era buscar un empleo, como refugio de su marido y de su ira. Resultaba curioso que, si bien no le costaba ningún esfuerzo dejar a su bebé, a quien por cierto no había visto en todo el día y para quien hacía ya algún tiempo había dejado de ser indispensable, su única idea fuera conseguir un puesto de nodriza.
Por entonces, supongo, había pocas o ninguna de esas agencias para contratar sirvientes como las que ahora son comunes; en todo caso, el