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nydus/Short FictionPublic
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IV. El señor Greatorex

Lo mejor que puede decirse de él es que, a pesar de su desengaño y de los defectos de ella, sí, a pesar de sus propios defectos, los cuales eran, con toda su cultura y fuerza de carácter, aún más graves que los de ella, todavía fue bondadoso con ella; sí, puedo decir en su favor que, a pesar incluso de su necedad, que es un defecto repugnante y uno que ninguna supremacía de belleza puede eclipsar, todavía la amaba un poco. De ahí que el cuidado que le mostró con respecto al próximo dolor fuera genuino; no se debía todo a su deseo de un hijo para el cual pudiera ser un padre de verdad⁠—aunque fuera según sus propias fantasías. Letty, por su parte, estaba tan llena de expectativas como la niña a la que le han prometido una muñeca que pueda cerrar y abrir los ojos, y llorar cuando se la pellizca; su despreocupación por la llegada sin novedad de este provenía de la ignorancia y no de la indiferencia.

No puede dejar de parecer extraño que un hombre así hubiera sido tan descuidado con la hija que tenía. Pero desde el principio ella le había recordado dolorosamente a su madre, con quien en verdad nunca se había peleado, pero con quien la vida no le había resultado por ello menos pesada.

A esto se sumaba que cada vez le gustaban más los negocios —un hecho que indicaba, en un hombre de su talento y desarrollo, una inclinación hacia abajo en el plano de su vida—.

Hacía tiempo que había dejado de leer poesía. La historia casi había seguido el mismo camino: ahora leía poco aparte de política, libros de viajes y exposiciones populares sobre el progreso científico.

Aquel año la Nochebuena cayó en lunes. El día anterior, como Letty no se encontraba muy bien, su marido creyó preferible no dejarla sola y renunció a ir a la iglesia. Phosy quedó completamente olvidada, pero se vistió y a la hora de costumbre apareció con su libro de oraciones en la

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