La reina saltó al suelo, y Colin, inclinándose desde la cama, sacó su cajita y extrajo la botella.
“Ahí lo tiene, majestad”, dijo, pero sin ofrecérselo.
—Dámelo directamente —dijo la reina, extendiendo la mano.
—Primero entrégame a mi pequeña, —replicó Colin con audacia.
—¿Te atreves a regatear conmigo? —dijo la reina, enojada.
—Su majestad se dignó a regatear conmigo primero —dijo Colin.
“Pero desde entonces intentaste rompenos el cuello a todos. Armaste una catarata malvada ahí fuera, al otro lado del jardín. Todas nuestras barcas quedaron hechas pedazos, y tuvimos que esperar hasta que trajeran nuestros caballos. Si me hubiesen matado, no habrías podido exigirme el cumplimiento de mi trato, y yo no voy a cumplirlo ahora”.
—Si hubieras decidido bajar por mi catarata... —empezó Colin.
—¡Tu catarata! —exclamó la reina—. Todas las aguas que fluyen desde Loch Lonely son mías, te lo aseguro, hasta llegar al mar.
—Salvo cuando atraviesan los corrales, vuestra majestad.
—Te echaré del país —dijo la reina.
—Mientras tanto volveré a meter la botella en el arcón —respondió Colin.
La reina se mordió los labios con irritación.
—Ven aquí, Cambiaformas —exclamó al fin, en un tono halagador.
Y la pequeña se acercó despacio a ella, y se quedó mirando fijamente a Colin, con las lágrimas en los ojos.