¡Con qué estremecimiento de alegría, un sentimiento que hacía tiempo le era desconocido, y hasta entonces nunca experimentado de esa forma ni con esa intensidad, brotó en su corazón el pensamiento de que allí yacía alguien que algún día lo amaría; de que tendría un refugio y un lugar de descanso; ¡alguien para recostarse en su pecho y no despreciarlo!
—«Porque —se decía a sí mismo—, haré surgir su alma de donde duerme, como un eco desvelado, en una cueva desconocida; y como a un niño con el que una vez soñé, que era mío, y que para mi deleite se apartaba con miedo de todo lo demás y se aferraba a mí, esta alma suya correrá con ojos atónitos, medio dormidos, y pasos tambaleantes, pero con un grito de alegría en los labios, hacia mí como el dador de vida. Se aferrará a mí y me adorará. Entonces le diré —pues debe saberlo todo— que soy vil y despreciable; que soy un paria del mundo, y que si ella me recibe, será para mí como Dios. Y caeré a sus pies y le rogaré consuelo, vida, la restitución de mí mismo; y ella se arrojará a mi lado, y llorará y me amará, lo sé. Y caminaremos juntos por la vida, trabajando duro, pero el uno para el otro; y cuando muramos, ella me conducirá al paraíso como el premio que su mano angélica encontró arrojado en una orilla desierta, de la tormenta de vientos y olas que yo era demasiado débil para resistir—, y al que levantó, cuidó y salvó».
A menudo cruzaban por su mente pensamientos de este tipo mientras velaba junto a su lecho; alternados, frenados y a veces destruidos por los temores que acompañaban su precario estado, pero regresando con cada aparente mejoría o síntoma esperanzador.
No me detendré a decidir la sutil cuestión de hasta qué punto fue correcta la intención de hacer que ella lo amara antes de conocer su