pareció más sabroso que cualquier otro que hubiera probado jamás en su vida. Era tan blanco como la nieve y tan delicado como la nata. Y en el mismo instante en que hubo tragado un bocado, un cambio que no acertaba a describir comenzó a producirse en su interior. Oyó un murmullo a su alrededor que se volvió cada vez más articulado y, por fin, a medida que seguía comiendo, se hizo inteligible. Para cuando hubo terminado su porción, los sonidos de todos los animales del bosque llegaron en tromba hasta sus oídos a través de la puerta; pues la puerta seguía abierta de par en par, aunque afuera estaba completamente oscuro; y ya no eran meros sonidos; eran palabras, y palabras que ella era capaz de comprender. También podía saber lo que los insectos de la cabaña se decían unos a otros. Incluso tenía la sospecha de que los árboles y las flores que rodeaban la cabaña mantenían conversaciones nocturnas entre ellos; pero no lograba oír lo que decían.
Tan pronto como el pescado fue devorado, la señora se acercó al fuego y quitó la tapa de la olla.
Una hermosa criatura pequeña con forma humana, de grandes alas blancas, emergió de ella y voló una y otra vez alrededor del techo de la cabaña; luego cayó, revoloteando, y se acomodó en el regazo de la señora.
Le dirigió unas extrañas palabras, la llevó hasta la puerta y la arrojó a la oscuridad. Tangle oyó el batir de sus alas desvanecerse en la distancia.
—¿Le hemos hecho algún daño al pez? —dijo ella, al regresar.
—No —respondió Tangle—, creo que no. No me importaría comerme una todos los días.