“Una nueva fuente de amor parecía brotar de la arcilla del corazón del viejo. Estrechó a la niña contra su pecho y lloró. Luego, sin decir palabra, se levantó con ella en brazos, la llevó a su habitación y, acostándola en su cama, la abrigó, besó su dulce boquita ajena a todo reproche, y se fue al salón.
“Tan pronto como entró, vio a los culpables solos en un rincón tranquilo. Se acercó a ellos, tomó una mano de cada uno, y uniéndolas entre las suyas, dijo: «¡Dios los bendiga!». Luego se volvió hacia el resto de la compañía, y «Ahora —dijo—, cantemos un villancico». Y bien podía hacerlo; pues aunque he hecho muchas visitas a la casa, nunca desde entonces le he vuelto a ver enfadado; y estoy seguro de que eso debe costarle un buen esfuerzo”.
—Acabamos de llegar de un gran palacio —dijo otro—, donde sabíamos que había muchos niños, y donde esperábamos oír voces alegres y ver rostros sumamente jubilosos.
Pero tan pronto entramos, nos dimos cuenta de que una gran Sombra lo envolvía todo; y esa Sombra se hacía cada vez más profunda, hasta concentrarse en oscuridad en torno a la forma yacente de un príncipe sabio.
Cuando lo vimos, no pudimos movernos más, sino que nos aferramos pesadamente a los muros, y con nuestra quietud añadimos dolor a la hora.
Y cuando vimos a la madre de su pueblo llorando con la cabeza inclinada por la pérdida de aquel en quien había confiado, nos invadió un anhelo tan grande de dejar de ser Sombras y convertirnos en ángeles alados, que son las sombras blancas proyectadas en el cielo por la Luz de la Luz, para reunirnos en torno a ella y planear sobre ella con consuelo, que nos desvanecimos de los muros y nos hallamos flotando muy por encima de las torres del palacio, donde encontramos a los ángeles en su camino, y supimos que nuestro servicio no era necesario.