Examinó el reverso de estas medallas vivas unos cinco minutos, y luego dictó sentencia. Estas palabras cayeron como la campana de un destino fatal—
“Todos esos moños deben ser cortados”.
La señorita Temple pareció reconvenirla.
—Señora —continuó—, tengo un Maestro a quien servir cuyo reino no es de este mundo: mi misión es mortificar en estas niñas los deseos de la carne; enseñarles a vestirse con recato y sobriedad, no con cabellos trenzados ni ropas costosas; y cada una de las jóvenes que tenemos ante nosotros tiene un mechón de pelo retorcido en trenzas que la vanidad misma podría haber tejido; esto, repito, debe ser cortado; piensen en el tiempo perdido, en...
Mr. Brocklehurst fue interrumpido aquí: tres visitantes más, tres damas, entraron ahora en la habitación. Deberían haber venido un poco antes para escuchar su conferencia sobre el vestir, pues iban espléndidamente ataviadas de terciopelo, seda y pieles.
Las dos más jóvenes del trío (bellas muchachas de diezaiséis y diecisiete años) llevaban sombreros grises de castor, a la moda entonces, sombreados con plumas de avestruz, y bajo el ala de este elegante tocado caía una profusión de claros mechones, primorosamente rizados; la dama de más edad iba envuelta en un costoso chal de terciopelo, adornado con armiño, y llevaba un postizo de rizos franceses.
Estas damas fueron recibidas con deferencia por la señorita Temple como la señora y las señoritas Brocklehurst, y conducidas a los asientos de honor en la cabecera de la sala. Parece ser que habían llegado en el carruaje junto a su reverendo pariente y se habían dedicado a inspeccionar minuciosamente la planta de arriba,