el techo, comenzó a cantar una canción de alguna ópera. Era la melodía de una dama abandonada que, tras lamentar la perfidia de su amante, llama al orgullo en su auxilio; le pide a su doncella que la atavíe con sus joyas más brillantes y sus ropas más ricas, y se propone encontrarse esa misma noche con el falsario en un baile, y demostrarle, con la alegría de su comportamiento, cuán poco le ha afectado su abandono.
El tema parecía extrañamente elegido para una cantante infantil; pero supongo que la gracia del número residía en escuchar las notas de amor y celos trinados con el balbuceo de la infancia; y de muy mal gusto era esa gracia: al menos así me lo pareció a mí.
Adèle cantó la canzoneta con bastante afinación y con la ingenuidad propia de su edad. Hecho esto, saltó de mi rodilla y dijo: «Ahora, señorita, le recitaré unas poesías».