—Sí —respondió Abbot—; si fuera una niña simpática y bonita, uno podría apiadarse de su desamparo; pero a nadie le puede importar un sapito como ése.
—No gran cosa, desde luego —convino Bessie—:
en cualquier caso, una belleza como la de la señorita Georgiana resultaría más conmovedora en el mismo estado.
«¡Sí, yo adoro a la señorita Georgiana! —exclamó la fervorosa Abbot—. ¡La pequeña querida! —con sus rizos largos y sus ojos azules, y ese color tan dulce que tiene, ¡justo como si estuviera pintada!— Bessie, me apetecería un Welsh rabbit para cenar».
“Yo también, con una cebolla asada. Vamos, bajemos”.
Bajaron.