Me sentí deslumbrado, estimulado: mis sentidos se encendieron; y como era ignorante, verde e inexperto, creí que la amaba.
No hay necedad tan obcecada a cuya comisión no arrastren a un hombre las rivalidades idióticas de la sociedad, la lascivia, la precipitación y la ceguera de la juventud.
Sus parientes me alentaron; los competidores me picaron; ella me sedujo; se consumó un matrimonio casi antes de darme cuenta de dónde estaba.
¡Oh, no me respeto a mí mismo cuando pienso en aquel acto!; un tormento de desprecio interno me domina. Nunca amé, nunca estimé, ni siquiera la conocía. No estaba seguro de la existencia de una sola virtud en su naturaleza: no había advertido ni modestia, ni benevolencia, ni franqueza, ni refinamiento en su mente o en sus modales; y me casé con ella: ¡burdo, abyecto, corto de entendederas que fui!
Con menos pecado podría haber... Pero déjeme recordar a quién le hablo.
«A la madre de mi esposa jamás la había visto: tenía entendido que había muerto. Terminada la luna de miel, me enteré de mi error; solo estaba loca, encerrada en un manicomio. Había también un hermano menor, un perfecto imbécil mudo. El mayor, a quien habéis visto (y al que no puedo odiar, mientras aborrezco a todos sus parientes, porque tiene algunas briznas de afecto en su débil mente, demostradas en el interés constante que profesa por su infeliz hermana, y también en una fidelidad perruna que una vez me tuvo), probablemente llegará al mismo estado algún día. Mi padre y mi hermano Rowland sabían todo esto; pero solo pensaban en las treinta mil libras y se unieron a la conspiración en mi contra».
“Eran estos descubrimientos abyectos; pero, a excepción de la traición del ocultamiento, no se los habría reprochado a mi esposa, ni siquiera