es fácil de describir—, nada llamativo, pero uno lo siente cuando le habla; no se puede estar siempre seguro de si está bromeando o habla en serio, de si está contento o lo contrario; no se le comprende del todo, en suma —al menos yo no: pero no tiene importancia, es un muy buen amo”.
Este fue todo el informe que obtuve de la señora Fairfax acerca de su empleador y el mío. Hay personas que parecen no tener la menor noción de esbozar un carácter, ni de observar y describir puntos sobresalientes, ya sea en personas o en cosas: la buena señora pertenecía claramente a esta clase; mis preguntas la desconcertaban, pero no lograban que se explayara. El señor Rochester era el señor Rochester a sus ojos; un caballero, un propietario de tierras—nada más: no investigó ni rebuscó más allá, y al parecer le extrañaba mi deseo de hacerme una idea más precisa de su identidad.