la que una vez me dio a mí. Mi primavera se ha ido, sin embargo, pero me ha dejado esa florecilla francesa en las manos, de la cual, en ciertos estados de ánimo, de buena gana me libraría. Como ya no valoro la raíz de donde brotó; al haber descubierto que era de una especie que solo el polvo de oro podía abonar, la flor me gusta a medias, sobre todo cuando parece tan artificial como hace un momento. La conservo y la crío más bien basándome en el principio católico de expiar numerosos pecados, grandes o pequeños, mediante una sola buena obra. Se lo explicaré todo algún día. Buenas noches”.
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Capítulo XIV
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