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Capítulo XII

Me detuve en las verjas; me detuve en el césped; anduve de un lado para otro en el pavimento; los porticones de la puerta de vidrio estaban cerrados; no podía ver el interior; y tanto mis ojos como mi espíritu parecían ser atraídos desde la sombría casa —desde la hondonada gris llena de celdas sin rayos, tal como me parecía— hacia aquel cielo extendido ante mí —un mar azul libre de la mancha de las nube; la luna ascendiendo por él en solemne marcha; su orbe pareciendo mirar hacia arriba al dejar las cimas de las colinas, de detrás de las cuales había surgido, cada vez más abajo de ella, y aspiraba al cenit, de una oscuridad de medianoche en su profundidad insondable y su distancia imensurable; y en cuanto a esas estrellas temblorosas que seguían su curso; hacían temblar mi corazón, arder mis venas cuando las contemplaba. Las pequeñas cosas nos hacen volver a la tierra; el reloj dio en el vestíbulo; eso bastó; me aparté de la luna y las estrellas, abrí una puerta lateral y entré.

El vestíbulo no estaba oscuro, ni tampoco iluminado solo por la lámpara de bronce colgada en lo alto; un cálido resplandor lo inundaba, así como los escalones inferiores de la escalera de roble.

Este brillo rojizo provenía del gran comedor, cuya puerta de dos hojas estaba abierta, y dejaba ver un fuego acogedor en la chimenea, reflejándose en el hogar de mármol y en los útiles de latón, y revelando cortinajes morados y muebles pulidos con la más grata luminosidad.

Revelaba también a un grupo cerca de la chimenea; apenas lo había advertido, y apenas me había dado cuenta de la alegre mezcla de voces, entre las cuales me pareció distinguir el tono de Adèle, cuando la puerta se cerró.

Me apresuré a ir a la habitación de la señora Fairfax; allí también había fuego, pero ni una sola vela, ni tampoco la señora Fairfax. En su lugar, completamente solo, sentado muy derecho sobre la alfombra y contemplando la llama con gravedad, contemplé a un gran perro de pelo largo blanco y negro, exactamente igual al Gytrash del camino.

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