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Capítulo XXX

El corazón se estremecía, la mente se asombraba, ante el poder del predicador: ninguno de los dos se ablandaba. De principio a fin hubo una extraña amargura; una ausencia de dulce consolación; las alusiones severas a las doctrinas calvinistas⁠—la elección, la predestinación, la reprobación⁠— fueron frecuentes; y cada referencia a estos puntos sonaba como una sentencia dictada para la perdición. Cuando hubo terminado, en vez de sentirme mejor, más calmada, más iluminada por su sermón, experimenté una tristeza inefable; pues me parecía⁠—no sé si a los demás les ocurría lo mismo⁠— que la elocuencia que había estado escuchando había brotado de una profundidad donde yacían los posos turbios de la desilusión⁠—donde se movían los impulsos perturbadores de anhelos insaciables y aspiraciones inquietantes. Estaba segura de que St. John Rivers⁠—por muy intachable, concienzudo y fervoroso que fuera⁠— aún no había hallado esa paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento: no la había hallado más, pensaba, que yo con mis ocultos y lacerantes pesares por mi ídolo roto y mi elíseo perdido⁠—pesares a los que últimamente había evitado aludir, pero que se apoderaban de mí y me dominaban sin piedad.

Mientras tanto había pasado un mes. Diana y Mary no tardarían en dejar Moor House para regresar a la muy distinta vida y escenario que las aguardaba, como institutrices en una gran ciudad del sur de Inglaterra, elegante y populosa, donde cada una ocupaba un puesto en familias cuyos miembros, ricos y altivos, las consideraban meras criadas humildes; personas que ni conocían ni trataban de descubrir sus excelencias innatas, y que solo valoraban sus logros adquiridos tal como valoraban la destreza de su cocinera o el buen gusto de su doncella. El señor St. John aún no me había dicho nada sobre el empleo que me había prometido conseguir; sin embargo, se volvía urgente que tuviera una ocupación de algún tipo. Una mañana, al quedarme a solas con él unos minutos en el salón, me

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