Apenas habían dado las cinco de la mañana del 19 de enero, cuando Bessie trajo una vela a mi cuartito y me encontró ya levantada y casi vestida. Me había levantado media hora antes de su entrada, me había lavado la cara y me había puesto la ropa a la luz de una media luna que acababa de ocultarse, cuyos rayos entraban a raudales por la angosta ventana cerca de mi camita.
Iba a dejar Gateshead ese día en un carruaje que pasaba por las puertas de la entrada a las seis de la mañana. Bessie era la única persona que ya se había levantado; había encendido fuego en la guardería, donde procedió entonces a prepararme el desayuno.
Pocos niños pueden comer cuando están entusiasmados con la idea de un viaje; yo tampoco podía. Bessie, tras insistir en vano para que tomara unas cucharadas de la leche hervida con pan que me había preparado, envolvió unas galletas en un papel y las metió en mi bolso; luego me ayudó a ponerme el abrigo y el sombrero, y envolviéndose en un chal, ella y yo salimos de la guardería.
Al pasar por el dormitorio de la señora Reed, dijo: —¿Quieres entrar a despedirte de la señora?
—No, Bessie: vino a mi cuna anoche, cuando usted había bajado a cenar, y me dijo que no necesitaba molestarla por la mañana, ni tampoco a mis primas; y me mandó recordar que ella siempre había sido mi mejor amiga, y que hablase de ella y le estuviera agradecida en consecuencia.
—¿Qué dijo, señorita?
“Nada: me cubrí la cara con las sábanas y me volví hacia la pared, dándole la espalda.”