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Capítulo XXXIV

mi corazón y agotaba mi felicidad desde la fuente misma: el mal de la incertidumbre.

Tal vez penséis que había olvidado al señor Rochester, lector, en medio de estos cambios de lugar y fortuna. Ni por un momento.

Su imagen seguía conmigo, porque no era un vapor que el sol pudiera disipar, ni una efigie trazada en la arena que las tormentas pudieran borrar; era un nombre grabado en una losa, destinado a durar tanto como el mármol en el que estaba inscrito.

El anhelo de saber qué había sido de él me seguía a todas partes; cuando estaba en Morton, entraba en mi cabaña cada tarde para pensar en ello; y ahora en Moor House, buscaba mi dormitorio cada noche para rumiarlo.

En el curso de mi necesaria correspondencia con el señor Briggs acerca del testamento, le había preguntado si sabía algo sobre la actual residencia y el estado de salud del señor Rochester; pero, tal como St. John había conjeturado, ignoraba por completo todo lo relativo a él.

Le escribí entonces a la señora Fairfax, rogándole información sobre el tema. Había contado con absoluta certeza de que esta medida lograría mi propósito: estaba segura de que arrancaría una pronta respuesta.

Me quedé atónita cuando transcurrió una quincena sin respuesta; pero cuando pasaron dos meses, y día tras día el correo llegaba sin traerme nada, fui presa de la más aguda ansiedad.

Volví a escribir: existía la posibilidad de que mi primera carta se hubiera perdido. La esperanza renovada siguió al esfuerzo renovado: brilló como la anterior durante unas semanas, luego, al igual que aquella, se desvaneció, parpadeó: ni una línea, ni una palabra llegaron a mí. Cuando medio año se consumió en una espera vanas, mi

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