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XV

¿Y era el señor Rochester feo ahora a mis ojos? No, lector: la gratitud y muchos recuerdos, todos placenteros y entrañables, hacían de su rostro el objeto que más me gustaba ver; su presencia en una habitación era más animada que la más brillante de las hogueras. Sin embargo, no había olvidado sus defectos; en efecto, no podía, pues él me los recordaba con frecuencia. Era orgulloso, sardónico, duro con la inferioridad de cualquier índole: en lo más recóndito de mi alma sabía que su gran bondad hacia mí se veía equilibrada por una injusta severidad hacia muchos otros. Era voluble también; de un modo inexplicable; más de una vez, cuando me mandaban a leerle, lo encontré sentado solo en su biblioteca, con la cabeza inclinada sobre los brazos cruzados; y, al levantar la vista, un gesto huraño, casi maligno, oscurecía sus facciones. Pero creía que su volubilidad, su dureza y sus anteriores faltas de moral (digo anteriores, pues ahora parecía enmendado de ellas) tenían su origen en alguna cruel jugada del destino. Creía que era, por naturaleza, un hombre de mejores tendencias, principios más elevados y gustos más puros que los que las circunstancias habían desarrollado, la educación inculcado o el hado alentado. Pensaba que había en él materiales excelentes; aunque por el momento se mantuvieran unidos de un modo algo dañado y enmarañado. No puedo negar que me dolía su dolor, fuera cual fuese, y habría dado mucho por mitigarlo.

Aunque ya había apagado la vela y me había acostado, no podía dormir pensando en su mirada cuando se detuvo en la alameda y contó cómo su destino se había alzado ante él y lo había retado a ser feliz en Thornfield.

—¿Por qué no? —me pregunté—. ¿Qué lo aleja de la casa? ¿Volverá a irse pronto? La señora Fairfax dijo que rara vez se quedaba aquí más de quince días seguidos, y ya lleva ocho semanas viviendo aquí. Si se marcha, el cambio será penoso. Supongamos que se ausenta en primavera, verano y otoño: ¡qué desprovistos de alegría parecerán el sol y los días hermosos!

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