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Y ahora sentí que no era suficiente; me cansé de la rutina de ocho años en una sola tarde. Deseaba la libertad; por la libertad jadeaba; por la libertad pronuncié una plegaria; pareció entonces disiparse en el viento que soplaba débilmente. La abandoné y formulé una súplica más humilde; por un cambio, por estímulo: esa petición también pareció barrida hacia un espacio impreciso: —«¡Entonces —clamé, medio desesperada—, concédeme al menos una nueva servidumbre!».

Aquí una campana, que anunciaba la hora de la cena, me llamó abajo.

No me fue posible reanudar la cadena interrumpida de mis reflexiones hasta la hora de acostarme: aun entonces, una profesora que compartía la habitación conmigo me apartó del tema al que tanto anhelaba volver, mediante una prolongada efusión de charla trivial.

Cómo deseaba que el sueño la hiciera callar.

Parecía como si, con solo poder volver a la idea que se había instalado en mi mente por última vez mientras estaba de pie junto a la ventana, surgiera alguna sugerencia inventiva para mi alivio.

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