varios lugares comunes sobre mi viaje, el tiempo y demás, dichos en un tono más bien pausado y acompañados de varias miradas de soslayo que me midieron de pies a cabeza —recorriendo ahora los pliegues de mi pelliza de merino gris castaño, y deteniéndose luego en el sencillo adorno de mi sombrero de campo—. Las jóvenes tienen una manera singular de hacerle saber a una que la consideran un «bicho raro» sin pronunciar en realidad esas palabras. Cierta altivez en la mirada, frialdad en los modales y despreocupación en el tono expresan plenamente su opinión al respecto, sin comprometerlas mediante ninguna grosería positiva de palabra o de obra.
Una mueca de desprecio, sin embargo, ya fuera disimulada o abierta, había perdido el poder sobre mí que una vez poseyó: mientras estaba sentada entre mis primas, me sorprendió descubrir lo a gusto que me sentía bajo el total abandono de la otra —Eliza no me mortificaba, ni Georgiana me alteraba—. El hecho era que tenía otras cosas en qué pensar; en los últimos meses se habían agitado en mí sentimientos mucho más potentes que cualquiera que ellas pudieran despertar —se habían provocado dolores y placeres mucho más agudos y exquisitos que cuantos estaba en su poder infligir u otorgar—, de modo que sus aires no me importaban ni para bien ni para mal.
—¿Cómo está la señora Reed? —pregunté al poco rato, mirando con tranquilidad a Georgiana, quien tuvo a bien erguirse ante la franqueza de mi trato, como si se tratara de una libertad inesperada.
“¿La señora Reed? Ah!, te refieres a mamá; está sumamente indispuesta: dudo que puedas verla esta noche”.
—Si —dije—,