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Capítulo XXXVII

de esta tierra. Él no ve como el hombre ve, sino mucho más claro; no juzga como el hombre juzga, sino con mucha más sabiduría. Obrar mal: habría empañado mi flor inocente, habría insuflado culpabilidad en su pureza; el Omnipotente me la arrebató. Yo, en mi terca rebeldía, casi maldije el designio: en vez de doblegarme ante el decreto, lo desafié. La justicia divina siguió su curso; las desastres se abatieron sobre mí: me vi forzado a cruzar el valle de sombra de muerte. Sus castigos son poderosos; y uno me golpeó y me ha humillado para siempre. Bien sabes que estaba orgulloso de mi fuerza; mas ¿qué es ahora, cuando debo entregarla a una guía ajena, como un niño entrega su debilidad? Últimamente, Jane, tan solo... tan solo últimamente, comencé a ver y a reconocer la mano de Dios en mi sino. Empecé a experimentar remordimiento, arrepentimiento; el deseo de reconciliarme con mi Creador. Comencé a veces a rezar: eran oraciones muy breves, pero muy sinceras.

«Hace algunos días: no, puedo contarlos: cuatro; fue el lunes pasado por la noche, se apoderó de mí un estado de ánimo singular: uno en el que el dolor reemplazaba al frenesí; la pesadumbre, a la impertinencia. Hacía tiempo que tenía la impresión de que, dado que no podía encontrarte en ninguna parte, debías de estar muerta. Tarde aquella noche —tal vez serían entre las once y las doce—, antes de retirarme a mi sombrío descanso, le

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