Era una risa demoníaca —baja, sofocada y profunda—, emitida, según parecía, junto al mismo ojo de la cerradura de la puerta de mi habitación. La cabecera de mi cama estaba cerca de la puerta, y al principio pensé que el duende risueño estaba junto a mi lecho —o más bien, agazapado junto a mi almohada—; pero me levanté, miré a mi alrededor y no pude ver nada; mientras seguía mirando, el sonido antinatural se repitió: y supe que venía de detrás de los paneles. Mi primer impulso fue levantarme y echar el cerrojo; el siguiente, volver a gritar: «¿Quién está ahí?».
Algo hizo gorgoritos y gimió. Al poco rato, unos pasos se retiraron por la galería hacia la escalera del tercer piso: hacía poco que se había colocado una puerta para cerrar esa escalera; la oí abrirse y cerrarse, y todo quedó en silencio.
“¿Era esa Grace Poole?, ¿y está poseída por el diablo?”, pensé.
Imposible seguir ya por más tiempo sola: tenía que ir a ver a la señora Fairfax. Me puse rápidamente el vestido y un chal; corrí el cerrojo y abrí la puerta con mano temblorosa.
Había una vela encendida justo afuera, sobre la estera del corredor. Me sorprendió tal circunstancia; pero aún me asombró más notar el aire bastante turbio, como si estuviera lleno de humo; y, al mirar a derecha e izquierda para averiguar de dónde salían aquellas volutas azuladas, me percaté además de un fuerte olor a quemado.
Algo crujió: era una puerta entornada; y esa puerta era la del señor Rochester, y de allí salió el humo precipitado en una nube.
No volví a pensar en la señora Fairfax; no volví a pensar en Grace Poole ni en la risa: en un instante, estuve dentro de la habitación.
Lenguas de llama daban latigazos alrededor de la cama: las cortinas estaban ardiendo. En medio del fuego y del humo, el señor Rochester yacía tendido, inmóvil, en un profundo sueño.