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IV.

—Los Salmos no son interesantes —comenté.

“Eso prueba que tienes un corazón malvado; y debes rogarle a Dios que te lo cambie: que te dé uno nuevo y limpio: que te quite el corazón de piedra y te dé un corazón de carne”.

Estaba a punto de proponer una pregunta, tocante a la manera en que dicha operación de cambiar mi corazón iba a ser llevada a cabo, cuando la señora Reed se interpuso, mandándome que me sentara; procedió entonces a continuar la conversación por sí misma.

“Sr. Brocklehurst, creo haberle indicado en la carta que le escribí hace tres semanas que esta pequeña no tiene exactamente el carácter y la disposición que yo desearía: si usted la admite en la escuela de Lowood, me alegraría que se le pidiera a la directora y a las profesoras que la vigilen de cerca y, sobre todo, que se guarden de su peor defecto, una tendencia al engaño. Menciono esto en su presencia, Jane, para que no intente engañar al Sr. Brocklehurst”.

Bien podía temer, bien podía detestar a la señora Reed; pues estaba en su naturaleza herir cruelmente; jamás fui feliz en su presencia; por más cuidadosamente que obedeciera, por más denodadamente que me esforzara por complacerla, mis esfuerzos eran constantemente rechazados y correspondidos con frases como la anterior. Ahora, pronunciada ante un extraño, la acusación me desgarró el corazón; percibí vagamente que ella ya estaba borrando la esperanza de la

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