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XXVII

evitar el terrible trance de sufrimiento adicional que veía dispuesto para mí; y la Conciencia, convertida en tirana, agarró a la Pasión por el cuello, le dijo con burla que aún no había hecho más que mojar su delicado pie en el cenagal, y juró que con aquel brazo de hierro la empujaría hasta las inexploradas profundidades de la agonía.

—«¡Dejadme que me arranquen —grité entonces—, que me ayude otro!»

“No; te arrancarás de ti misma, nadie te ayudará: tú misma te arrancarás el ojo derecho; tú misma te cortarás la mano derecha: tu corazón será la víctima, y tú, el sacerdote que lo atraviese.”

Me levanté de repente, aterrorizada ante la soledad que habitaba un juez tan implacable, ante el silencio que llenaba una voz tan terrible. La cabeza me daba vueltas al ponerme en pie. Noté que enfermaba de exaltación y debilidad; ni bocado ni bebida habían

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