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Capítulo XXIV

también se le ha considerado siempre un hombre cauto. ¿Tiene la intención de casarse

“Eso me dice.”

Examinó toda mi persona: en sus ojos leí que no habían encontrado en ella ningún encanto lo bastante poderoso como para resolver el enigma.

—¡Se me escapa! —continuó ella—; pero sin duda es verdad, ya que tú lo dices. Cómo va a salir esto, no lo sé: la verdad es que no lo sé. La igualdad de posición y fortuna suele ser aconsejable en tales casos; y hay veinte años de diferencia entre vuestras edades. Podría ser casi tu padre.

—¡Pues no, señora Fairfax! —exclamé, irritada—; ¡no se parece en nada a mi padre! Nadie que nos viera juntos lo supondría ni por un instante. El señor Rochester tiene el aspecto y la edad de algunos hombres de veinticinco años.

—¿De verdad se va a casar contigo por amor? —preguntó ella.

Me dolió tanto su frialdad y escepticismo, que las lágrimas acudieron a mis ojos.

—Siento apenaros —continuó la viuda—; pero sois tan joven y tan poco conocedora de los hombres, que he querido poneros en guardia. Es un viejo dicho que «no es oro todo lo que reluce», y en este caso temo mucho que resulte haber algo diferente de lo que vos o yo esperamos.

—¿Por qué?, ¿acaso soy un monstruo? —dije—: ¿es imposible que el señor Rochester sienta un afecto sincero por mí?

“No: you are very well; and much improved of late; and Mr. Rochester, I daresay, is fond of you. I have always noticed that you were a sort of pet of his. There are times when, for your sake,

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