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Capítulo XXXVI

“La tenían muy encerrada, señora; durante algunos años la gente ni siquiera estaba absolutamente segura de su existencia. Nadie la veía; solo sabían por rumores que tal persona estaba en la Mansión; y era difícil conjeturar quién o qué era. Decían que el señor Edward la había traído del extranjero, y algunos creían que había sido su querida. Pero hace un año pasó algo raro, algo muy raro”.

Temía ya oír mi propia historia. Me esforcé por hacerle volver al hecho principal.

“¿Y esta dama?”

“Esta señora, señora —respondió—, resultó ser la esposa del señor Rochester. El descubrimiento se produjo de la manera más extraña. Había una joven, una institutriz en la mansión, de la que el señor Rochester se había ena—”

—Pero el fuego —sugerí.

—Ya voy a eso, señora⁠—, de que el señor Edward se enamoró. Los criados dicen que jamás vieron a nadie tan enamorado como él: no la dejaba ni a sol ni a sombra. Solían vigilarlo⁠—ya sabe cómo son los criados, señora⁠—, y él la valoraba por encima de todo, a pesar de que nadie más que él la encontraba tan hermosa. Era una mujercita pequeña, según dicen, casi como una niña. Yo nunca la vi; pero le he oído hablar de ella a Leah, la criada. A Leah le caía bastante bien. El señor Rochester tenía unos cuarenta años, y esta institutriz ni veinte; y ya ve usted, cuando los caballeros de su edad se enamoran de muchachas, a menudo es como si estuvieran hechizados. En fin, que se iba a casar con ella.

—Esta parte de la historia me la contará usted en otra ocasión —dije—, pero ahora tengo una razón particular para desear saberlo todo acerca del incendio. ¿Se sospechaba que esta lunática, la señora Rochester, había tenido algo que ver en él?

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