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IV.

—Me alegro de que no seas pariente mía; no volveré a llamarte tía en la vida. Nunca iré a verte cuando sea mayor; y si alguien me pregunta qué tal me caías y cómo me tratabas, diré que el solo hecho de pensar en ti me da náuseas, y que me trataste con una crueldad miserable.

—¿Cómo te atreves a afirmar eso, Jane Eyre?

—¿Cómo que cómo me atrevo, señora Reed? ¿Cómo que cómo me atrevo? Porque es la verdad. Cree usted que no tengo sentimientos, y que puedo prescindir de una pizca de amor o bondad; pero no puedo vivir así: y usted no tiene compasión. Me acordaré de cómo me empujó —me empujó con rudeza y violencia— de vuelta a la habitación roja, y me encerró allí, hasta el último día de mi vida; a pesar de que estaba agonizando; a pesar de que grité, ahogándome de angustia: «¡Tenga piedad! ¡Tenga piedad, tía Reed!». Y ese castigo me lo hizo sufrir porque su malvado hijo me pegó —me tiró al suelo sin motivo—. A cualquiera que me haga preguntas le contaré esta misma historia. La gente la tiene por una buena mujer, pero usted es mala, de corazón duro. ¡Es una embustera!

Antes de haber concluido esta respuesta, mi alma comenzó a dilatarse, a exultar con la más extraña sensación de libertad, de triunfo, que jamás había sentido.

Parecía como si un vínculo invisible se hubiera roto y yo hubiera forcejeado hasta alcanzar una libertad que no esperaba.

No sin motivo experimentaba tal sentimiento: la señora Reed parecía asustada; su labor se le había caído de las rodillas; alzaba las manos, se mecía de un lado a otro y hasta contorsionaba el rostro como si fuera a llorar.

—Jane, estás equivocada: ¿qué te pasa? ¿Por qué tiemblas con tanta violencia? ¿Te gustaría beber un poco de agua?

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