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XVIII

Blanche Ingram, tras haber rechazado, mediante una taciturnidad desdeñosa, algunos intentos de la señora Dent y la señora Eshton por entablar conversación, primero había tarareado algunas melodías y aires sentimentales al piano y luego, tras haber traído una novela de la biblioteca, se había echado con altiva desgana en un sofá, dispuesta a engañar, con el sortilegio de la ficción, las tediosas horas de ausencia. La sala y la casa estaban silenciosas: solo de vez en cuando se oía desde arriba la algarabía de los jugadores de billar.

Era casi la hora del crepúsculo, y el reloj ya había dado aviso de la hora de vestirse para la cena, cuando la pequeña Adèle, que estaba arrodillada a mi lado en el asiento junto a la ventana del salón, exclamó de repente:

— ¡Ahí está el señor Rochester que vuelve!

Me volví, y la señorita Ingram se lanzó hacia adelante desde su sofá; los demás también levantaron la vista de sus respectivas ocupaciones, pues al mismo tiempo se empezó a oír el crujir de unas ruedas y el chapoteo rítmico de unos cascos de caballo sobre la grava mojada. Una carroza de alquiler se acercaba.

—¿Qué se le habrá ocurrido para volver a casa de ese modo? —dijo la señorita Ingram—. ¿No iba montado en Mesrour (el caballo negro) cuando salió? Y Pilot iba con él: ¿qué habrá hecho con los animales?

Al decir esto, acercó su alta figura y sus amplios ropajes tanto a la ventana, que me vi obligada a echarme hacia atrás casi hasta quebrarme la espalda; en su entusiasmo no me advirtió al principio, pero cuando lo hizo, curvó los labios y se trasladó a otro ventanal.

La litera se detuvo; el cochero tocó el timbre y descendió un caballero ataviado con indumentaria de viaje; pero no era el señor Rochester; era un hombre alto, de aspecto elegante, un desconocido.

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