migrado al cuerpo del señor Rochester. Quería ver la cosa invisible en la que, a medida que avanzábamos, él parecía fijar una mirada feroz y despiadada. Quería sentir los pensamientos cuya fuerza parecía estar enfrentando y resistiendo.
En la cancela del cementerio se detuvo: descubrió que me había quedado sin aliento.
«¿Soy cruel en mi amor? —dijo—. Espera un instante: apóyate en mí, Jane».
Y ahora puedo recordar la imagen de la gris y anciana casa de Dios alzándose serena ante mí, la de una graja dando vueltas en torno al campanario, la de un celaje matutino y arrebolado más allá.
Recuerdo también algo de los montículos verdes de las tumbas; y tampoco he olvidado dos figuras de extraños deambulando entre los pequeños promontorios y leyendo los recuerdos grabados en las pocas lápidas musgosas. Los noté porque, al vernos, rodearon la parte trasera de la iglesia; y no dudé de que iban a entrar por la puerta de la nave lateral y presenciar la ceremonia.
El señor Rochester no los había advertido; me miraba con fijeza el rostro, del cual la sangre se me había, me atrevo a decir, retirado por un instante: pues sentía la frente cubierta de rocío, y las mejillas y los labios fríos. Cuando me recuperé, lo que hice pronto, caminó con suavidad conmigo sendero arriba hacia el pórtico.
Entramos en el templo silencioso y humilde; el sacerdote esperaba con su sobrepelliz blanca ante el modesto altar, con el monaguillo a su lado. Todo estaba en calma: solo dos sombras se movían en un rincón apartado.